Dicen que construir el mismo barco con los restos de un naufragio es perder el tiempo. Dicen que perder el tiempo solo es un tipo de soledad. Nadie puede saberlo. Nadie gobierna solo. Nadie resulta alguien en soledad. Los tiranos lo saben. Saben que están solos pese a la fidelidad y a la lealtad de sus acólitos, de sus cómplices confesos. Saben que conquistar el poder es más simple que mantenerlo. Saben que se trata de matar o morir, de conjugar cualquier sentimiento con la muerte. Los tiranos nunca duermen porque incluso todos aquellos que le juran fidelidad y lealtad no son más que enemigos en potencia. Todas las vidas penden del mismo hilo. Eso dicen, pero la virtud está sobrevalorada. Nada posible es imposible. Así es la vida de los náufragos. No existen barcos ni anclas, solo alguna cuerda que conviene no perder de vista, que es preciso vigilar. Solo alguna cuerda para avivar el fuego de una hoguera húmeda. Solo alguna cuerda a la que agarrarse o con la que ahorcarse.
Compongo música que no es música, toco en bandas de rock que no son bandas de rock, escribo novelas que no son novelas, poemas que no son poemas y cuentos que no son cuentos, investigo en disciplinas que no son disciplinas (sino el cruce de otras disciplinas como el arte, la ciencia y la tecnología), restauro aquello que no es restaurable y soy profe. Cada vez gano menos. Soy un perdedor encantado.
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