El 23 de febrero de 2008, un segundo lo partió todo en dos.
Saúl tenía dieciséis años, una bicicleta y una carretera que conocía de memoria. Aquella tarde tomó una curva como tantas otras veces. Lo siguiente que recuerda es haber despertado dos meses después, sin poder caminar, sin poder mover un brazo y con veinticuatro kilos menos.
Entre esas dos escenas hay una parada cardiorrespiratoria en el asfalto, una madre que recibe la llamada que nadie quiere recibir, una UCI donde nadie se atreve a dar esperanzas y un neurocirujano que, contra el criterio de todos, dijo una frase que lo cambió todo: yo, si fuese mi hijo, no desconectaría.
Este libro es lo que vino después.
El despertar lento y confuso. Las primeras palabras. Los meses en el Institut Guttmann de Badalona aprendiendo de nuevo a sostenerse de pie, a dar un paso, a sujetar una cuchara. Un pueblo entero pendiente del teléfono. Unos amigos de dieciséis años que no sabían qué decirle a alguien que estaba en coma y le grabaron mensajes de voz por si acaso los oía.
Cicatrices del alma no es un relato de superación de manual. Es un testimonio en primera persona, escrito sin adornos y sin autocompasión, sobre lo que ocurre cuando la vida se detiene de golpe y hay que reconstruirla desde cero, milímetro a milímetro.
Porque las caídas no son el final. Son pruebas de que seguimos aquí.
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